“Si algo puede salir mal, saldrá mal”. Extensión, “Si varias cosas pueden salir mal, saldrán mal en el peor orden posible”.
Los médicos me dijeron que romperían la piedra con ultrasonidos, que era una intervención no invasiva y sin post-operatorio, y que en menos de una semana estaría de vuelta en casa. Aquí es donde empezó a actuar la ley de Murphy.
A la piedra los ultrasonidos le hicieron poco más que cosquillas, rompiendo solo una capa exterior, así que me volvieron a programar otra sesión donde utilizarían más potencia por más tiempo. La piedra resistió, solo se movió un poco, lo suficiente para taponar el riñón, aunque en ese momento no lo supiera.
Ya era la segunda semana que llevaba ingresado y veía que el dinero no nos iba a alcanzar para pagar las cuentas del mes siguiente. Disponía de una línea de crédito pre-aprobada en uno de los bancos con los que trabajaba y lo hice efectivo. Daba igual, en poco tiempo retomaría mi vida y ya pagaríamos este imprevisto.
Cuando se hizo evidente de que a la piedra había que tomarla en serio ya era tarde. Me programaron una intervención con láser que tuvimos que posponer porque ya tenía una infección en el riñón derecho y hubo que poner un catéter de urgencia para drenar y liberar la presión. Ningún cirujano en su sano juicio opera si cree que puede haber infección, si la infección pasa a la sangre ya tienes un boleto para el otro barrio. Así que había que esperar a controlar la infección para volver a programar la intervención.
Llegó el momento de resignarme, para mi asombro lo tomé con serenidad, aunque es posible que fuera por las tres clases de calmantes que me rotaban cada ocho horas. No podía pagar y comencé a llamar a los bancos, tarjetas y servicios para comunicarles mi situación y para enterarme de cuales eran mis opciones, que básicamente eran cuatro, esperar y asumir los gastos, intereses y punitorios, unificar préstamos, refinanciarlos o reducir su pago mínimo mensual. No estaba negociando, solo quería aferrarme a cualquier soga que me tiraran, no quería seguir hundiéndome en mis deudas y ya habría tiempo luego para pagar una vez recuperara mi vida. Algunos actuaron rápidamente, reduciendo los pagos mínimos, incluso algunos servicios me ofrecieron, solo durante unos meses, un porcentaje de descuento sobre lo que me facturaban a fin de que me fuera posible el pago. Otros se tomaron su tiempo, y hasta no verme reincorporado al trabajo no me dieron una respuesta. Mientras tanto veían como mi deuda inmediata se incrementaba regularmente gracias a los gastos por notificaciones de posición deudora, peticiones de pago, intereses por mora, punitorios y gastos de devolución de recibos.
La piedra, su operación, la posterior inflamación de la próstata y su tratamiento me tuvieron fuera de la actividad durante dos meses. Hicieron falta otros dos meses para que los bancos me unificaran las deudas y las refinanciaran. Había recuperado mi vida.
PD: Aquí quiero destacar algo, es increíble la cantidad de empresas de servicios no imprescindibles que ante la posibilidad cierta de perderte como cliente te ofrecen planes de descuentos. Haz la prueba, te sorprenderás gratamente.
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