En el año 2008, después de estar al borde del desastre financiero y económico durante casi toda mi vida, finalmente sucedió. Una pequeña piedra de 7 milímetros de diámetro me quitó de mi vida.
En aquel tiempo trabajaba de chófer, transportando mercancías a otros países de la Unión, conduciendo un camión de 17 metros de largo y 40 toneladas de peso. Estos camiones son de un manejo muy sencillo una vez que te has habituado a sus dimensiones, tienen una velocidad máxima permitida de 90 Km/h y yendo a esa velocidad necesitas unos doscientos metros para frenarlo de forma controlada. Dedicaba al día unas 9 o 10 horas a conducir y era habitual que pasaran varias semanas antes de volver a casa.
Cuento todo esto porque quiero dejar bien claro lo afortunado que he sido, un cólico renal es algo “tremendamente doloroso”. Una enorme piedra empujando por conductos diminutos por donde hasta ahora solamente había pasado líquido, lastimando, desgarrando. Un dolor tan agudo que no te deja pensar. Estoy seguro que todo hubiera acabado en desastre y posiblemente en tragedia si me hubiera ocurrido mientras conducía.
Pensemos por un momento a que me tendría que haber enfrentado.
Tendría que haber controlado el camión y mis propios reflejos de dolor. Al mismo tiempo mantenerme atento al tráfico y a la carretera para poder quitar el camión y aparcarlo en un sitio donde no causara accidentes. Suena fácil, ¿verdad?, es lógico y hasta evidente, aunque me considero una persona muy responsable hacía los demás, quién sabe cuales habrían sido mis reacciones en ese momento. Y a esto habría que sumarle la posibilidad de que me sucediera en el
extranjero, otro idioma, papeleos, el susto de mi familia, la distancia. Habría sido un infierno.
Pero por suerte no fue así. El cólico me dio en mi casa a la hora y media de llegar de un viaje de tres semanas, en ese momento mi vida tal cual la conocía hasta ese momento me fue arrebatada.
Me refiero a la vida que detallaba anteriormente, esa vida cómoda y sin grandes sobresaltos, esa vida segura y conocida, esa vida a la que quería volver a aferrarme como un naufrago a una boya en un mar embravecido. La única solución que veía en mi cabeza era volver cuanto antes a mi vida para que todo volviera a la normalidad.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario